un hombre llora


Un hombre llora en el mostrador.
Un hombre llora en el mostrador de una farmacia.

Le faltan.

Le faltan sesenta lucas.

Son apenas 39,72 dólares
al día de hoy.

39,72 dólares lo separan del remedio.
39,72 dólares lo separan del remedio para su hija con leucemia.
39,72 dólares lo separan del remedio de su hija de nueve años,
internada en el Garrahan.

Y debe tenerlos dentro de tres horas,
cuando la intervienen.

El hombre se desmorona de impotencia.

Deja los más de cuatro millones de pesos
que juntó sobre el mostrador
y se va.

El llanto de impotencia estalla
ante la cajera de la farmacia,
pero aquello es apenas el catalizador
que le recuerda el terrible presente.

El hombre sale a manejar.

Toma viajes de Didi.

Su objetivo es conseguir, en pocas horas,
esos sesenta mil pesos que le faltan.

Un padre y un hijo se suben a su auto
para ir al colegio.

Padre e hijo están un poco ofuscados
porque el niño no quería levantarse.

No quería ir al colegio.
Odia el sistema.

El padre le ha explicado,
en palabras sencillas,
la necesidad de que se suba al EVA,
que el sistema del mundo lo necesita en un aula
porque su padre debe trabajar:

tomar el bondi,
tomar el subte,
sentarse en la oficina frente a una pantalla,

para que exista techo sobre ellos,
comida en la mesa,
e incluso juguetes
y regalos.

El niño llora
y patalea un poco.

Estas semanas no le ha ido bien
con sus compañeros de colegio.

No se siente integrado.

Mientras este lore se desarrolla
como un río de Heráclito
en los asientos de atrás,

el chofer del Didi chista,
respira pesadamente,
recibe una llamada

y cuenta todo lo que en este poema se narra.

El padre,
que luego escribe el poema,
primero putea.

Como si una maldición hubiera caído sobre ellos
al escuchar las palabras:

Garrahan.
Leucemia.

¿Por qué el chofer no puede comportarse
como un simple servidor bidimensional?

Sin vida.
Sin llanto.
Sin sufrimiento.

¿Por qué no simplemente toma sus cinco mil pesos del viaje
y nos deja en paz?

¿Por qué tiene que ser una persona?

El padre le pide a ChatGPT
que busque las noticias recientes:

taxis robots,
choferes de Uber y taxistas
que antes eran enemigos
y ahora se unen
para luchar contra un mal mayor.

Finalmente,
el peso de una realidad horrenda
pasa de la reactividad a la compasión.

El padre piensa:

me preocupo por poca cosa.

Un niño que patalea
porque no quiere ir al colegio.

Y frente a mí
hay un hombre que ha roto en llanto
en una farmacia
porque le faltan unos pocos dólares
para comprarle un alivio pasajero
a una hija que quizá no verá crecer.

O quizás sí.

Quizás este fue un punto de quiebre
y después pueda emerger
de este río de lodo.

Quizás pueda ser bautizado nuevamente
por el sol,
por la paz,
por la inteligencia.

O tal vez no.

O quizás no.

Seguramente no.

Le deseo suerte
y fuerza
a aquel hombre colapsado
que toma el volante
no como un robot
sino como un humano.

Valiente.

Una persona que también fue niño
y pudo crecer.

Una persona que no puede hacer milagros
y a la que le ha caído
la peor de las suertes
de la naturaleza
y del mundo.

Una persona que sigue manejando.

Y espero que no choque.

Espero que pueda reunir
ese número que lo separa
de un objetivo titánico.

Porque el objetivo no es solamente
juntar dinero.

Es afrontar lo peor.

Dejo a mi hijo en el colegio
y de alguna forma
me siento bendecido.

Me saco la mufa
de aquel viaje,
de aquella historia,
de aquellas escenas
no ficticias.

Toco madera.

Y me toco un huevo.

Cancela.
Cancela.
Cancela.

Conjuro a los dioses
para que nos protejan.

Para que el río siga su curso.

Y aunque no sea siempre el mismo,

nunca sea
demasiado
turbio.

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